Hablar de capitalismo de vigilancia no es solo mencionar un concepto teórico propuesto por Shoshana Zuboff; es reconocer una realidad que atraviesa mi vida cotidiana en múltiples dimensiones. Al reflexionar sobre este fenómeno, descubro que no se trata únicamente de cómo las plataformas digitales recolectan mis datos, sino de cómo esas prácticas influyen en mi autonomía, mis decisiones y, en última instancia, en mi identidad como ciudadano digital. En lo profesional, noto su presencia en plataformas como LinkedIn. Al buscar empleo, la visibilidad de las ofertas no depende únicamente de mis capacidades, sino de cómo un algoritmo decide mostrarme o no determinadas oportunidades. Esta intermediación algorítmica me genera una sensación ambivalente: por un lado, facilita mi acceso a información; por otro, limita mis posibilidades al imponer filtros que desconozco. En el ámbito político, mi experiencia con redes sociales me ha mostrado lo fácil que es caer en burbujas de información. A veces pienso que estoy bien informado, pero después descubro que mis noticias son solo una fracción de la realidad, cuidadosamente seleccionada para reforzar mis inclinaciones previas. Este control invisible me preocupa, porque siento que reduce la capacidad crítica necesaria para participar en una democracia. La dimensión educativa tampoco queda al margen. En los últimos años, he dependido de plataformas digitales de aprendizaje. Aunque valoro la accesibilidad que me ofrecen, no puedo dejar de pensar que cada tarea enviada o cada clic en una lectura se convierte en un dato analizado y almacenado para fines que desconozco como cuando uso Chat GPT. Finalmente, en lo cultural, mis hábitos de consumo de música y cine son un ejemplo claro: las recomendaciones personalizadas en Spotify o Netflix me ahorran tiempo, pero también me llevan a cuestionarme si aún soy yo quien elige o si mis gustos han sido moldeados por predicciones algorítmicas. El análisis grupal de los Términos y Condiciones de Instagram reforzó estas preocupaciones. Descubrimos que al aceptar sus políticas, no solo permitimos el uso de nuestras fotos con fines comerciales, sino que además autorizamos la recopilación de información de navegación fuera de la aplicación. Personalmente, esta revelación me generó incomodidad. Había asumido ingenuamente que mi interacción con la plataforma terminaba al cerrarla, pero la realidad es distinta: la vigilancia continúa y mi vida digital se convierte en materia prima para la acumulación de capital. Un ejemplo cotidiano que me ha hecho reflexionar es la publicidad personalizada. Si busco en Google unos tenis, al instante aparecen anuncios del mismo producto en todas mis redes sociales. Lo que en apariencia es eficiencia del mercado, en realidad evidencia una vulneración de mi derecho a la privacidad y a la autonomía. Siento que mis elecciones ya no son enteramente libres, sino que están condicionadas por un sistema que me conoce mejor de lo que yo mismo admito. Esta constatación me lleva a pensar que el verdadero riesgo del capitalismo de vigilancia no es solo económico, sino ético: la erosión de la libertad individual bajo la ilusión de conveniencia. Considero fundamental tomar consciencia de este entorno digital. A diferencia del “Gran Hermano” de Orwell, que vigilaba de manera visible y autoritaria, hoy enfrentamos al “Big Other” descrito por Zuboff: un poder corporativo invisible, que opera a través de datos y algoritmos. Lo que más me preocupa es que esta forma de vigilancia no requiere coerción; funciona moldeando conductas en tiempo real, bajo la apariencia de elección. Y, como muestra el concepto de colonialismo digital, las grandes corporaciones no solo dominan mercados, sino que configuran nuevas formas de dependencia tecnológica y política a nivel global. Frente a esto, creo que las acciones deben ser tanto individuales como colectivas. En lo personal, intento reducir mi exposición: uso navegadores que protegen la privacidad, soy más selectivo con las aplicaciones que descargo y trato de leer aunque sea por encima los Términos y Condiciones. Pero sé que estas medidas son limitadas. A nivel colectivo, me parece indispensable impulsar la alfabetización digital en la educación, para que los ciudadanos comprendamos cómo funcionan los sistemas que usamos a diario. Además, los gobiernos tienen la responsabilidad de establecer regulaciones claras sobre el uso y la propiedad de los datos, evitando que las Big Tech operen como nuevos feudos digitales. En conclusión, mi reflexión personal sobre el capitalismo de vigilancia es crítica pero no pesimista. Si bien reconozco el poder que tienen las corporaciones para moldear comportamientos, también creo en la capacidad de los ciudadanos para identificar, resistir y exigir transparencia sobre el uso de estos datos. El gran desafío está en no normalizar esta vigilancia, en no aceptar como natural lo que en realidad es un mecanismo de dominación o consumismo masivo. Como ciudadano digital, siento que mi tarea es mantenerme consciente, crítico y activo en la defensa de mis derechos.