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Algoritmo de Tinder
En la actualidad interactuamos con algoritmos de manera casi invisible, pero constante. Uno de los que más ha transformado las dinámicas sociales es el de Tinder, una aplicación diseñada para conectar personas a través de likes basadas en la atracción mutua. Aunque parece una herramienta simple deslizar hacia la derecha o hacia la izquierda, detrás de esa acción hay un complejo sistema algorítmico que organiza, clasifica y predice comportamientos humanos.
Desde mi experiencia como usuario, el algoritmo de Tinder funciona observando cada una de mis acciones: a quién le doy me gusta, cuánto tiempo paso mirando un perfil, cuántas veces abro la aplicación al día, y qué tipo de personas suelo preferir. Todos esos datos se convierten en patrones que el sistema interpreta para decidir qué perfiles mostrarme. El objetivo principal parece ser mantenerme interesado el mayor tiempo posible, ofreciéndome rostros y biografías que tengan una alta probabilidad de gustarme. En el fondo, el algoritmo no solo busca emparejar a dos personas, sino garantizar que yo siga deslizando, buscando y, por ende, usando la aplicación y este es el propósito de muchas aplicaciones.
Este sistema está optimizado para la interacción continua. La promesa o idealización de un posible match funciona casi como una recompensa inmediata, cada coincidencia refuerza la sensación de oportunidad y genera una pequeña dosis de dopamina. Es un mecanismo que mezcla la lógica del azar con la del reconocimiento, y que termina moldeando la forma en que percibo las relaciones. Tinder no solo predice mis gustos, sino que también los condiciona. Al mostrar repetidamente cierto tipo de perfiles, termina reforzando un ideal de belleza o de personalidad que no necesariamente es el mío original, sino el que el algoritmo ha aprendido mediante mi comportamiento en la app a ofrecerme perfiles afines a mis preferencias.
El impacto de este algoritmo va más allá del entretenimiento o de la búsqueda de pareja. Cambia la manera en que uno se relaciona con los demás, reduciendo las posibilidades de encuentro a una serie de decisiones rápidas e impulsivas. A veces siento que convierte la experiencia humana de conocer a alguien en una transacción visual. Sin embargo, también tiene beneficios: permite conectar con personas que de otro modo nunca habría conocido, rompe ciertas barreras sociales y facilita interacciones en un mundo cada vez más acelerado y digital. Aun así, el algoritmo de Tinder tiene limitaciones evidentes. No considera aspectos emocionales o intelectuales profundos, y tiende a generar una homogeneización de los gustos. Es un espacio donde la diversidad parece filtrarse según los criterios invisibles de una máquina que busca eficiencia más que autenticidad. Además, su diseño fomenta una relación casi adictiva con la aplicación, donde la búsqueda del match se vuelve un fin idealizado en mi perspectiva, funciona algunas veces pero también cambia la forma como interactuamos.
Si pudiera rediseñar este algoritmo, le daría un enfoque más humano. Intentaría que las coincidencias no dependan tanto de la apariencia o la ubicación, sino de afinidades más significativas: intereses, formas de comunicarse o valores compartidos. También incluiría mayor transparencia, permitiendo que el usuario entienda por qué ve determinados perfiles y de qué manera sus acciones influyen en las recomendaciones, pero hay un factor muy importante y es que no es un aplicación gratuita, ya que si quieres ver más perfiles afines a tus gustos debes pagar una suscripción si no te limita el algoritmo buscando un interés monetario. El algoritmo limita las posibilidades de coincidencia, priorizando a los usuarios premium, evidenciando que la experiencia está diseñada para que el usuario sienta que debe pagar para tener mejores oportunidades; muchas aplicaciones funcionan bajo esta misma lógica, disfrazando de personalización lo que en realidad es una estrategia de rentabilidad. Lo que más me incomoda es que al final todo termina girando en torno al dinero: si no pagas, el algoritmo te limita, y eso convierte las relaciones en un producto más. Tinder muestra muy bien cómo los algoritmos pueden acercarnos a las personas, pero también cómo pueden volver algo tan humano como el afecto en una estrategia de consumo.
